27 de enero de 2010


Tras la expedición, montamos en los camiones y volvimos al internado.
Mark, a mi lado, estaba extremadamente silencioso.
Sentado en aquel trozo madera, apoyaba los codos en las rodillas mientras se sujetaba la cabeza, mirando el suelo. Se rifle descansaba en el suelo, ahora sin ninguna munición.
En cuanto se abrieron las puertas bajó del camión de un salto y se dirigió tambaleante hasta el edificio.
Mientras caminaba observé que su pelo, siempre perfectamente peinado, estaba empapado por el sudor y la nieve y se ablanzaba desordenado sobre la frente casi tapando sus ojos.
Desapareció y no vino a cenar. Cuando volví a la habitación a buscarle por orden de los profesores, tampoco le encontré.
Entonces, oí unos sollozos ahogados detras de la puerta del baño. La abrí sin ningún cuidado y le hallé senatado encima de la tapa bajada del váter. Al mirarme, sus ojos azul  intenso se posaron duramente en mí, haciéndome sentir incómodo. Estaban rojos. Todo lo que antes había sido el globo ocular, blanco como la nieve bajo la que acabábamos de estar, se había llenado de pequeñas venas explotadas y junto con las lágrimas que parecían nublarle la vista, ofrecía un aspecto penoso.
Todas las medallas y estrellas cosidas en su chaqueta estaban ahora arrancadas y tiradas por el suelo.
Su pelo tenía una aspecto todavía más desordenado que el de antres y los labios le temblaban, y aún quedaban restos de mucosa debajo de su pequeña nariz.

-Me mandan a por tí para que bajes a cenar. - expliqué sin moverme del marco de la puerta.

-No voy a ir. Diles que me encuentro mal. - argumentó él, ahora con la cabeza apollada en la pared y sin siquiera mirarme, y las rodillas temblándole de rabia e impotencia.

-Mark ... -intenté convencerle apoyándome sobre su  hombro.

Él me separó con un brusco movimiento que me hizo perder el equilibrio durante algunos segundos.
Mark, siempre habiendo sido de complexión física pequeña y escuálida, nunca había expresado rabia, impotencia, angustia y en rara ocasión desacuerdo.
Sin embargo, ahora todos estos sentimientos mezclados con verguenza, pena y asco se arremolinaban y salían a borbotones como lágrimas de los ojos de mi amigo.

-No puedo más ... - me espetó entre sollozos.- No me mires así ¿vale? ¡¿Te has dado cuenta de lo que hemos hecho ahí fuera?!

Mark empezó a gritarme y se levantó en un momento, poniéndo su frente enfrente de la mía, y así dejándome ver su rostro atormentado. Señaló con el brazo más allá de la ventana.

-¡¿Sabes lo que acabamos de hacer?! - siguió gritándome. - Hemos matado a unos niños, niños presos sin ninguna razón concreta, sin ningún tipo de defensa ... ¿Y como hemos actuado nada más verles?¡Disparándolos! ¡Masacrándolos!
-Y me da igual, ¡ME DA IGUAL! que penséis que soy débil o demasiado sensible ... joder... - añadió Mark  con la voz entrecortada.- Ne-necesito irme de este sitio de mierda dónde no pensamos ... Solo actuamos, solo acatamos órdenes ... Este sitio de mierda...

Y en el mismo instante en que dejó de hablar y me miró de aquella forma atormentada, supe que se iba a ir y que no iba a volverle a ver. Por lo menos, no dentro de aquel inmenso edificio dónde nos habíamos conocido. Y deseé con todas mis fuerzas, por todas las victorias, trofeos y honores que había conseguido en aquellos torneos de boxeo que en aquellos tiempos eran lo más importante para mí, poder escaparme con él.
Y tranquilizar y acompañar durante mucho tiempo a aquellos ojos de un color azul gélido que estaban colocados en su cabeza fina y alargada tras la que se escondía un cerebro capaz de razonar doce mil veces mejor  y con más humanidad que el de los demás que estábamos allí.

Isla.

1 comentario:

  1. Me encanta ada.
    Me chifla.

    Es que está super bien escrito...
    Eres genialísima.
    (L)

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Cartas en mi buzon rojo.