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29 de octubre de 2010




Puedes levantarte por la mañana y hundirte en la mierda.
Puedes levantarte y volver a acostarte, taparte hasta la cabeza y no salir de tu escondite en una semana.
Puedes levantarte y pensar en si el/ella estara despierto ya, y si deberias esperar algo mas para llamarle.
Puedes levantarte y desayunar.
Puedes levantarte y ducharte.
Puedes levantarte llorando y no parar las lagrimas.
Puedes levantarte tras un sueño extraño que no recuerdas, y sentirte incomoda.
Puedes levantarte y mirar al amario abierto de par en par durante horas.
Puedes levantarte, mirar por la ventana y sonreir.
Puedes levantarte y escuchar musica durante todo el dia, bailar un rato, cantar sin miedo a desafinar, porque nadie va a escucharte.
O pueden llamarte, levantarte y decirte que tu hermano acaba de morir en un accidente. Entonces si que te caes, y no te levantas.

21 de octubre de 2010


"Que le olvides, coño."

Ginevra maldecia una y otra vez. 
Con palabras mas o menos bruscas, borraba
poco a poco la cara de Pablo en sus recuerdos.
Habia empezado quitandole los ojos,
aquellos de los que se habia enamorado
y a los que nunca habria dejado de mirar.
Aquellos que nunca le habian mirado con
el mismo cariño que los suyos.
Y ahora tampoco podrian hacerlo,
porque estaban a dos metros bajo tierra,
o a dos kilometros por encima suyo.

Y ahora viene su punto debil. Lo mas dificil.
Solo le queda por borrar un recuerdo.
El mas cercano que le queda suyo. 
Apenas una semana antes.
Otra vez esos ojos. Pero mas vivos que nunca.
Y que ironia, que 5 segundos y 32 milesimas de segundo
despues, estarian muertos.
Y unas 20 horas despues, bajo tierra o entre nubes.


ISLA

27 de agosto de 2010

Explotar globos llenos de pintura.
De entre todas las cosas del mundo, aquella era la que más le gustaba hacer a Helena.
Y Teo lo sabía perfectamente.
Así que, ¿qué mejor regalo de cumpleaños que toda una habitación con globos de pintura?
Una habitacion blanca, completamente, para pintar a sus anchas.
Para dar color un poco a los ánimos de Helena, que andaban en cachitos desde que su hermano murió.
Había decidido también invitar a Ginevra porque desde aquel accidente provocado, se habían hecho inseparables.
La hermana de Pablo, y su amante, olvidándose un día del dolor. Sonaba bien.
Y cuando aquellas dos chicas tristes entraron en la habitacion y se dieron cuenta
de lo que Teo estaba haciendo por ellas, le comieron a besos y le mataron a cosquillas.
Y luego, le pintaron entero acorde con la habitación.
Cuando anocheció, borrachas de alegría, atrancaron la puerta con unos trozos de madera para
que la tristeza no pudiera entrar mientras dormían y soñaron durante todo el tiempo que quisieron.
Cuando, bien entrada la mañana, salieron a la calle, ya nada les parecía tan gris. Sus pupilas seguían manchadas de todos los colores del arcoiris. Y ninguno lloró para limpiarlas.


ISLA.lostisland.

16 de agosto de 2010

L'amour fou.


Hola Pablo,
no se si te acuerdas de mí.
Si no reconoces esta letra,
de la que tanto te reías,
entonces mira la foto, no creo
que te quepa ninguna duda de quién soy.

Ahora que lo pienso,
no sé ni porqué te escribo,
seguramente esto acabe en lo más
hondo de la papelera,
contándote recuerdos escondidos
en el fondo del corazón.

Hazme un favor, solo uno más.
Lee esta carta hasta el final.
Ahora mira la foto otra vez.
Tu miras a la cámara, con el ceño fruncido
mientras que yo, con la cara radiante,
te estampo un beso en la mejilla.
Vale, es bonita, es infantil.
Ahora mira mi mano izquierda.
¿Qué ves?
Una cajita, ¿verdad? Abierta.
No se si lo recuerdas pero era verde esmeralda.
Como el mar, mi color preferido.

Te reías de nuevo de mí,
cuando te decía que mi abuela
me la había dado para guardar sensaciones.
La verdad es que, aunque en la foto
salgas con morritos, enfurruñado,
eras la persona más feliz del mundo.
Tu sonrisa era dificl borrarla.
Por eso caías bien a todo el mundo.

Pues, el otro día encontré la cajita verde.
Sí, mis ojos: vidriosos.
Mi cerebro: shock.
La rocé un poco con la mano y la cogí,
estaba llena de polvo.
Lo quité muuuy despacio. Y volví a contemplar
los grabados que de pequeña me hacían soñar
con bestias en selvas e historias de amor en balcones.
Cerré los ojos y me acordé del instante de la foto.
Más tarde encontraría nuestras caritas pequeñas en papel,
y decidiría escribirte, para ver que tal te va todo despues de tanto tiempo.

La dejé en la mesita del salón, para jugar con aquel recuerdo más tarde.
Pasó el día entero y por la noche, me puse a cocinar.
De repente, una sensacion vieja me dió de lleno en el espinazo.
La habitación estaba llena de voces de niños.
Y entre tanto barullo mi voz te pedía una foto,
tu no querías, pero al final, aceptaste.

Corrí, al salón.
Y cuando llegué comprendí perfectamente que había pasado,
aunque no sabía si creermelo, o empezar a pensar en mi locura.
Mi hija pequeña, de seis años y curiosa, había abierto la caja.
-¡Blanca! Ciérrala, hace ruido.
Ella me miró con cara rara.
- Mamá, el único ruido, es el de la sarten, ¡está saltando el aceite!
Volví corriendo a la cocina, apagué el fuego y apoyada en la encimera, pensé.
Fui la única que oía todo aquello. Oía el pasado.

Te mando la cajita. A ver si lo oyes tú.
A ver si recuerdas aquello.
Yo te envió esto porque poco después de todo esto,
una vendedora ambulante se presento en la puerta de mi casa.
Me ofrecía olvido. Barato.
Compré. En un par de horas, cuando me duerma, no me acordaré de nada.
Y quiero que por lo menos lo recuerde alguien.
Y tener algo que me asegure que todo ha pasado.

Sabes que para mí, no acabó. Pero se superar.
No espero contestación si no quieres escribirme, solo que guardes la cajita y
no te olvides de que existí.

Ginevra.







ISLA.

14 de febrero de 2010

Perdona, si digo, que quiero seguir siendo lo de ayer. Dos niños pequeños, que entregaban su cariño, sin saber porqué.

Ginevra abrió la puerta de su casa con esfuerzo y se dirigió al salón, tirándose inmediatamente sobre el sofá y dejando el grande bolso de cuero negro tirado en el suelo.
Acomodó algunos cojines y se apolló, cogiendo un libro y abriéndolo por una hoja marcada por un doblez.
Pero, no llegó a leer tres hojas cuando por sus mejillas empezaron a resbalar gruesos lagrimones que maldecían las novelas románticas.
Siempre la hacían llorar. Pero eso no era lo peor, aquello era hasta bonito. Lo peor y más duro era que despertaba y sacudía todos sus recuerdos. Y claro, estos volvían a mezclarse y a arañar sus sueños.
Entonces, para colmo y como por casualidad, una foto se cayó de entre las páginas del final del libro.
Ella la recogió sin esperarse que aquello iría a empeorar todo.
Era él. ÉL.
Volvió a sentarse intentando controlar las ráfagas de cariño y momentos que se empezaban a acumular en su cabeza cansada. Pero, puestos a recordar, cogió el viejo álbum de fotos y reviviendo sentimientos que nunca estuvieron muertos pasó la noche en vela.

Quién la viera allí sentada no entendería nada. Solo contemplaba y pasaba hojas llenas de fotos de niños de unos 6 o 7 años. Luego, estos iban creciendo y se les reconocía perfectamente.
Pero entre todos aquellos niños, había dos que ella no dejaba de mirar. Y quién la mirara a los ojos y entendiera un poco de sentimientos, habría visto en sus pupilas todo el dolor que en ella ocasionaban.
Eran un chico y una chica. Él moreno, muy guapo y siempre riéndose, no paraba de fastidiarla o de abrazarla. Ella, también muy morena y con unos grandes ojos, se reía en todas las situaciones y entre abrazo y abrazo, le estampaba algún beso tímido.
Y quién diría que esto no quedaría allí, en viejas fotos, otra época y abrazos sin saber porqué.
Ginevra empezó a recordar.
Le conoció en la escuela muchos años atrás, pero en realidad habían empezado a llevarse tan bien porque sus padres era muy amigos. Y lo típico. Mucho cariño desde pequeños, y todo el pueblo cotilleaba ya sobre la nueva parejita de pequeñajos.
Siempre estaban juntos, y aquellas miradas y deseos hacían pensar a más de uno que no tenían tan poca edad, que su cerebro iba ya mucho más alla.
Algunos años después ella se mudó repentinamente. No le dió tiempo a avisar a nadie. Un día, su madre la llevó en coche a otra ciudad y por el camino le contó que no iban a volver a aquella casa, que ahora le enseñaría una nueva. Ella lloró y pataleó, se quejó, gritó. Pero de nada sirvió, estaban ya demasiado lejos.
Y ella, con tan poca edad no pudo hacer nada más. No pudo o las circunstancias no quisieron.

Él se enteró algunos días despues, pues estaban de vacaciones, cuando su madre lo dijo en la cena, como un tema cualquiera. Él estuvo ausente durante algún tiempo, pero luego, lo dejó como un tema doloroso e intocable en un rincón de la memoria.
Esto quedó inmovil en sus memorias hasta hacía unos años. No es que no se recordaran, pero se lo tomaron ambos com un amor infantil, y cerraban su corazón cada vez que pensaban en aquello.

Todo volvió unos años atrás. Sus padres quedaron para comer en familia, como en los viejos tiempos; pero decidieron que sería una sorpresa. Él llegó con su familia antes y se sentaron en la mesa, pidiendo unas bebida. Ella llegó un rato después, sofocada como su familia pues llegaban tarde. Nada más girarse hacia la mesa sus pies se pararon y quedaron clavados en el suelo. Ella le insistió al cerebro : " Anda, anda" pero no respondía. No quería responder.
Finlmente consiguió esbozar una sonrisa falsa, contener las lágrimas de emoción de sorpresa y saludarles. Él fue el último en recibir los dos besos. Fueron, en opinión del resto, dos besos muy largos.
Ella tuvo tiempo de olerle y rozar su pelo corto, pero sobretodo de volver a perderse durante algunos instantes en su mirada que contenía incontables preguntas. Ella deseó poder gritarle las contestaciones, abrazarle y contarle lo sucedido en aquellos años. Recuperarlos, sobre todo eso. La comida fue animada, pero ni ella ni él hablaron demasiado.
Al cabo de un rato, él pidió permiso para salir un rato fuer del restaurante, con la escusa de encontrarse mal.
Ella le siguió algo mas tarde, con otra escusa barata.
 Salió y solo tuvo que recorrer unos para encontrarse con él.
Apoyaba la cabeza contra la pared. Ginevra le tocó el hombro y él se giro.
- Gin ... - susurró él entre sollozos- ¿dónde has estado todo este tiempo?
Gin. Gin. Gin. Aquel apodo que solo él pronunciaba ya.
Le cogió de la mano, sin poder contener su mirada.
Él levanto su barbilla cariñosamente hasta que sus ojos se cruzaron, esperando una respuesta.
-Pablo, yo ... lo siento ...
Pero no pudo continuar. Porque su cerebro volvió a no querer funcionar y solo permitió dejar a sus lágrimas salir de sus verdes y brillantes ojos.
Él, sin más, la estrechó en un largo abrazo y le dejó apoyarse contra él durante un rato.
Sin embargo, no pudieron quedarse así mucho tiempo más, pues la hermana de él salió a buscarles para avisarles de que tocaba elegir postre.
Ginevra le dió un beso en la mejilla, mientras intentaba rcordar el tacto de su piel, su olor y cada uno de los poros que surcaban su cara. Él la acarició la mejilla y le dió un pequeño beso en la frente.
Luego, volvieron al restaurante, dónde, más relajados, prosguieron conversando todos juntos.

Pero con los años, habían seguido perdiendo el contacto.
Aquel beso en la frente pareció ser el único que quería haberle dado él a partir de entonces.
Quedaron más días para comer todos juntos, pero Pablo fue distante en estas ocasiones.
Se escondía bajo un manto de indiferencia y no hablaba con ella. Solo a través de algunas miradas, que ella no percibía,  siguió grabando en su mente cada uno de los cambios que en ella se iban produciendo. Y soñaba en silencio algunas noches, con poder volver a demostrarla su cariño sin sufrir.

Isla.