14 de agosto de 2011

Necesita mejorar.


Mi abuelo era feriante. No era gitano, ni moro, ni rumano. Pero tuvo muchos amigos que sí que lo fueron, y luego una espectacular esposa que también lo fue.
Mi abuelo fue feriante, pero estaba especializado en montañas rusas. Dentro de todo lo que se puede especializar uno en ferias y atracciones, a él siempre le apasionaron las montañas rusas y todo lo relacionado con ellas.
Los primeros años de su vida fue mozo de cuadras de caballos de feria. Con los años, ahorró suficiente dinero, y para cuando mi padre Federico nació, ya había comprado y gastado los ahorros de toda su juventud en la ‘ Coast Rollercoaster’.  Sí, os reiréis al pensar que la mayoría de los jóvenes se gastan los ahorros en ir a la universidad y mi abuelo en una mera atracción de feria, pero cuando acabe de contaros la historia de mi abuelo, soñaréis con ser feriantes. O al menos, tan inteligente como lo fue él.
Mi abuelo siempre decía que la vida es como una montaña rusa. No sólo tiene sus altos y bajos, eso sería demasiado obvio, pero además sigue siempre un recorrido. A veces hay desviaciones o caminos distintos de un día a otro, según como le parezca al dueño, o quizás se acelere un poco más en algunos extremos. Otras veces te parece menos excitante, y algunas no te bajarías del vagón. Pero siempre siempre siempre, hay un padre o una madre que paga el ticket de entrada a la montaña rusa, luego tienes un viaje de altos, bajo, partes que no sabes dónde estas, otras en las que te parece que el mundo va al revés pero eres tú el que está bocabajo, hay un raíl/vía que el vagón sigue y cada traviesa de la vía que tu tren pasa es una menos para que tu viaje se acabe. Y al final, muchos tienen un momento de confusión, ¿cuánto ha durado? ¿lo he aprovechado bien? Lo único que decía mi abuelo que se diferenciaba era que en la montaña rusa, echando unas lagrimitas te podías montar una segunda vez, pero cuando se asomaba la muerte  al final de la vida, no hay lagrimita que valga.
Mi abuelo era un hombre muy fuerte y muy blando. Él era el que le daba al botón para que empezara la atracción, y también el que la paraba al acabarse el tiempo. Muchos le comparaban con un hospital, donde empieza y acaba todo. Pero yo siempre dije que mi abuelo era un feriante especializado en montañas rusas. Se sabía además cada uno de los recovecos y tornillos de su máquina y cualquier consejo que pudieras preguntarle, siempre era respondido de una forma coherente. Otra gente le comparaba con la Muerte. Sí, siempre contando el tiempo hasta poder parar la atracción. Pero mi abuelo no era así. Aunque quizás, como a la Muerte, a veces se le ponía tierno el corazón y a algún niño le regalo un ticket para montarse, igual que a la Muerte a veces se le escapan almas porque los médicos y cirujanos de estos tiempos lo curan todo.
Menos (Pero a mi abuelo no) a mi abuelo. A él no le pudieron curar, pero porqué no se dejó. Tampoco se lo llevó la Muerte. Mi abuelo murió aplastado por su vieja amiga, ‘Coast Rollercoaster’ en un verano caluroso en el que  no había conseguido que nadie le ayudara a montarla y se puso él solo, con una gorra y dos herramientas más.
Era dos de Julio, y se oyó el estruendo en toda la ciudad. En cuanto se supo lo que había pasado, mucha gente acudió a  ver las ruinas de montaña rusa que le habían envuelto y cuando limpiaron y despejaron el lugar, mi abuelo ya no estaba. Algunos dicen que sigue vivo y se jubiló, otros que solo quería atención, mucha gente lloró y ni siquiera pensó en nada, pero yo, yo se lo que pasó. Al convertirse su montaña rusa en polvo, los huesos de mi abuelo se deshicieron con ella. Y en cada feria, acordaron los feriantes, poner un vagón de cobre con un grabado en letra cursiva: ‘Coast Roller Coaster’.


Isla.

2 de agosto de 2011

Day One.

Azul es una chica a la que le encanta el cielo. Por muy normal que eso pueda parecer, no lo es.  Hay mucha gente a la que le encanta el cielo, pero Azul tiene muchas otras cualidades que la hacen un poco especial, un poco diferente y a veces incluso rara. Es una chica veinteañera, de las que todavía se encuentra en la introducción a una vida adulta. Es tan corriente como las otras mujeres de la ciudad en algunos sentidos; cuando se le rompe su collar favorito, se cabrea y una vez cabreada  no muchos se atreven a intentar sacarle una pizca de buen humor. Pero a la misma vez, Azul no es tan normal. Para empezar, nunca le ha gustado ese término. ¿Quién se cree con el derecho de llamarse normal a sí mismo? No hay normalidad en este mundo, demasiados factores e inconvenientes hay en la vida que de una forma u otra hacen que el concepto sea abstracto e inexistente. Eso es lo que Azul piensa, y eso es lo que sus padres le enseñaron desde que era un renacuajo.
Es 23 de Junio y Azul lleva en la cabeza un moño mal hecho rodeado con un pañuelo que compró en la India y cuyos extremos caen a ambos lados de su cuello. Le gusta tomar café todas las mañanas en el Bonjour Café, que esta situado a unas cuadras de su pisito modesto de la calle Pez. Pero, como ya estaba avisado, Azul tiene sus peculiaridades hasta para la composición de su café mañanero. Le echa una cucharadita de azúcar blanco y una y media de cacao a su desnatado con leche. Así que no es un café cualquiera. A veces incluso, cuando tiene un día goloso, le añade un poco de nata montada. Cada vez que se lo pide a David, el muchacho que le lleva sirviendo el desayuno por las mañanas desde hace ya ocho meses, se repite a sí misma que  debería dejar los vicios algún día. Pero en el fondo sabe que es mucho mas difícil de lo que parece. Aunque, ¿quién no sabe eso?
Después de que David se ría de el bigote de gato que se le queda al beber el café con nata, ella le paga los habituales 80 céntimos del café y sale por la puerta intentando darle a la campanilla que cuelga del techo con la puerta para hacer un poco de ruido y empezar con buen ritmo el día. Si hay algo que le gusta mucho del Bonjour Café, es que nunca cambia nada mucho, ni siquiera los precios. Y esa estabilidad, por poca que sea, a Azul le sienta muy bien. Con la crisis de los últimos años, por la que todos los políticos se echan la culpa desesperados, el pincho de patata  ha subido un par de céntimos por la crecida de precios de los huevos y las patatas, pero también la dueña del local, Rosario, ha decidido acompañarlo con un par de rodajas de pan casero, para que no se note mucho la diferencia. Eso es lo máximo que el café a cambiado en bastante tiempo, y lo afirma Jorge Gregorio, alias Cangrejo, que lleva desde que se mudó a la ciudad regentando el bar muy a menudo. El señor Cangrejo tiene este apodo por tener la nariz roja siempre, y porque no importa que hora del día o noche sea, su consumición no varía y el vino tinto probablemente ya haya remplazado a la sangre en sus venas.