14 de febrero de 2010

Perdona, si digo, que quiero seguir siendo lo de ayer. Dos niños pequeños, que entregaban su cariño, sin saber porqué.

Ginevra abrió la puerta de su casa con esfuerzo y se dirigió al salón, tirándose inmediatamente sobre el sofá y dejando el grande bolso de cuero negro tirado en el suelo.
Acomodó algunos cojines y se apolló, cogiendo un libro y abriéndolo por una hoja marcada por un doblez.
Pero, no llegó a leer tres hojas cuando por sus mejillas empezaron a resbalar gruesos lagrimones que maldecían las novelas románticas.
Siempre la hacían llorar. Pero eso no era lo peor, aquello era hasta bonito. Lo peor y más duro era que despertaba y sacudía todos sus recuerdos. Y claro, estos volvían a mezclarse y a arañar sus sueños.
Entonces, para colmo y como por casualidad, una foto se cayó de entre las páginas del final del libro.
Ella la recogió sin esperarse que aquello iría a empeorar todo.
Era él. ÉL.
Volvió a sentarse intentando controlar las ráfagas de cariño y momentos que se empezaban a acumular en su cabeza cansada. Pero, puestos a recordar, cogió el viejo álbum de fotos y reviviendo sentimientos que nunca estuvieron muertos pasó la noche en vela.

Quién la viera allí sentada no entendería nada. Solo contemplaba y pasaba hojas llenas de fotos de niños de unos 6 o 7 años. Luego, estos iban creciendo y se les reconocía perfectamente.
Pero entre todos aquellos niños, había dos que ella no dejaba de mirar. Y quién la mirara a los ojos y entendiera un poco de sentimientos, habría visto en sus pupilas todo el dolor que en ella ocasionaban.
Eran un chico y una chica. Él moreno, muy guapo y siempre riéndose, no paraba de fastidiarla o de abrazarla. Ella, también muy morena y con unos grandes ojos, se reía en todas las situaciones y entre abrazo y abrazo, le estampaba algún beso tímido.
Y quién diría que esto no quedaría allí, en viejas fotos, otra época y abrazos sin saber porqué.
Ginevra empezó a recordar.
Le conoció en la escuela muchos años atrás, pero en realidad habían empezado a llevarse tan bien porque sus padres era muy amigos. Y lo típico. Mucho cariño desde pequeños, y todo el pueblo cotilleaba ya sobre la nueva parejita de pequeñajos.
Siempre estaban juntos, y aquellas miradas y deseos hacían pensar a más de uno que no tenían tan poca edad, que su cerebro iba ya mucho más alla.
Algunos años después ella se mudó repentinamente. No le dió tiempo a avisar a nadie. Un día, su madre la llevó en coche a otra ciudad y por el camino le contó que no iban a volver a aquella casa, que ahora le enseñaría una nueva. Ella lloró y pataleó, se quejó, gritó. Pero de nada sirvió, estaban ya demasiado lejos.
Y ella, con tan poca edad no pudo hacer nada más. No pudo o las circunstancias no quisieron.

Él se enteró algunos días despues, pues estaban de vacaciones, cuando su madre lo dijo en la cena, como un tema cualquiera. Él estuvo ausente durante algún tiempo, pero luego, lo dejó como un tema doloroso e intocable en un rincón de la memoria.
Esto quedó inmovil en sus memorias hasta hacía unos años. No es que no se recordaran, pero se lo tomaron ambos com un amor infantil, y cerraban su corazón cada vez que pensaban en aquello.

Todo volvió unos años atrás. Sus padres quedaron para comer en familia, como en los viejos tiempos; pero decidieron que sería una sorpresa. Él llegó con su familia antes y se sentaron en la mesa, pidiendo unas bebida. Ella llegó un rato después, sofocada como su familia pues llegaban tarde. Nada más girarse hacia la mesa sus pies se pararon y quedaron clavados en el suelo. Ella le insistió al cerebro : " Anda, anda" pero no respondía. No quería responder.
Finlmente consiguió esbozar una sonrisa falsa, contener las lágrimas de emoción de sorpresa y saludarles. Él fue el último en recibir los dos besos. Fueron, en opinión del resto, dos besos muy largos.
Ella tuvo tiempo de olerle y rozar su pelo corto, pero sobretodo de volver a perderse durante algunos instantes en su mirada que contenía incontables preguntas. Ella deseó poder gritarle las contestaciones, abrazarle y contarle lo sucedido en aquellos años. Recuperarlos, sobre todo eso. La comida fue animada, pero ni ella ni él hablaron demasiado.
Al cabo de un rato, él pidió permiso para salir un rato fuer del restaurante, con la escusa de encontrarse mal.
Ella le siguió algo mas tarde, con otra escusa barata.
 Salió y solo tuvo que recorrer unos para encontrarse con él.
Apoyaba la cabeza contra la pared. Ginevra le tocó el hombro y él se giro.
- Gin ... - susurró él entre sollozos- ¿dónde has estado todo este tiempo?
Gin. Gin. Gin. Aquel apodo que solo él pronunciaba ya.
Le cogió de la mano, sin poder contener su mirada.
Él levanto su barbilla cariñosamente hasta que sus ojos se cruzaron, esperando una respuesta.
-Pablo, yo ... lo siento ...
Pero no pudo continuar. Porque su cerebro volvió a no querer funcionar y solo permitió dejar a sus lágrimas salir de sus verdes y brillantes ojos.
Él, sin más, la estrechó en un largo abrazo y le dejó apoyarse contra él durante un rato.
Sin embargo, no pudieron quedarse así mucho tiempo más, pues la hermana de él salió a buscarles para avisarles de que tocaba elegir postre.
Ginevra le dió un beso en la mejilla, mientras intentaba rcordar el tacto de su piel, su olor y cada uno de los poros que surcaban su cara. Él la acarició la mejilla y le dió un pequeño beso en la frente.
Luego, volvieron al restaurante, dónde, más relajados, prosguieron conversando todos juntos.

Pero con los años, habían seguido perdiendo el contacto.
Aquel beso en la frente pareció ser el único que quería haberle dado él a partir de entonces.
Quedaron más días para comer todos juntos, pero Pablo fue distante en estas ocasiones.
Se escondía bajo un manto de indiferencia y no hablaba con ella. Solo a través de algunas miradas, que ella no percibía,  siguió grabando en su mente cada uno de los cambios que en ella se iban produciendo. Y soñaba en silencio algunas noches, con poder volver a demostrarla su cariño sin sufrir.

Isla.

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