31 de julio de 2010
-¿Quieres un poquito de helado?
No le dió tiempo a asentir, cuando le estrellé aquella masa fría en medio de la boca.
Él, sorprendido, sonrió.
-Ahora vas a tener que limpiarme- dijo sonriendo pícaramente.
-No tengo servilleta- añadí siguiéndole el juego.
Se quedó en silencio y me acerqué lentamente.
Con un dedo, rozé su la comisura de sus labios y arrastrando helado,
me lo llevé a la boca.
- Umm, no está nada mal ... Tiene como un toque de frambuesa ¿sabes?
-¿Si? A ver, déjame probar eso ... - respondió arrebatándome el helado y manchándome ahora a mí en la cara.
Entonces se acercó demasiado. Demasiado poco.
Y alcancé yo el resto de la distancia que nos separaba.
Él me acarició la barbilla con suavidad, como si estuviera hecha de porcelana;
y mirándome fijamente a los ojos, intentando encontrar una pizca de miedo,
un abismo de inocencia o indecisón, posó sus labios contra los míos.
Primero lentamente, suave. Y después más apasionadamente.
Cómo si no quisiera que se acabara nunca.
Yo colgué mis brazos de su cuello y no le solté hasta el final de la noche,
cuando entre caricias y resoplidos, nuestras pestañas se cansaron de aguantar los párpados.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Que bonito, que lovely cariño :)
ResponderEliminarMe encanta, para variar un poco contigo.