Aparqué el coche en el arcén de aquella carretera secundaria.
Me puse el gorro de lana y respiré hondo antes de abrir la puerta, dejando que
aquel frío glaciar me agrietara cada centímetro de piel sin cubrir.
Cerré la puerta y empecé a caminar rápido. En contra del viento que me empujaba,
como avisándome que debía volver por dónde había venido.
Esta vez nadie me iba a parar. Estaba sola. Y estaba casi segura de que no habría nadie
en unos 25 km a la redonda. Sino más.
Eso es precisamente lo que buscaba. Separarme. Si pudiera tirarme del planeta,
saltar a un agujero negro, a un asteroide, a un anillo de júpiter o una estrella apagada; lo haría.
Pero en vez de eso, estaba adentrándome en un bosque. Me gustaba imaginar que era un bosque virgen
pero en este planeta ya no queda nada así de único e intocable.Y si lo fuera, ya estaba yo ahí para arruinarlo.
Seguí andando sin fijarme mucho en mis alrededores. Sin casi pensar. Solo con prisa.
Con prisa por llegar a dónde ni siquiera yo sabía.
Aquella masa de árboles y vegetación se hacía cada vez mas espesa, y me resguardaba cada
vez más de aquel viento gélido, hasta que se hizo como un segundo abrigo.
Y me sentí como en casa, allí, tan aislada.
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Cartas en mi buzon rojo.