Ayer salí con el chico americano de rasgos asiáticos. Yo iba con mis cascos grandes. Le ví. Nos saludamos y hablamos. 24, me dijo, ¿no es ningún problema no? Mis dieciocho, tampoco parecían importarle. Me llevó a comer Falafel y demás especialidades turcas. Nunca lo había probado. El Shusi tampoco. Fumamos y conversamos. Él compró cerveza, yo le ofrecí mis chicles baratos y afrutados. Reímos mucho. Recorrimos calles y cogimos un tranvía, hasta llegar a lo que el llamaba ' el medio de la nada'. Exageraba. En algún momento mencionó que nunca nadie había ido a su piso, y él era el que normalmente se movía. Confesó cómo se ganaba la vida, vendía setas. Pasaba otras cosas. Me dieron ganas de reírme de mi misma. Yo, con todas mis morales casi 'antidrogas'. Expusimos nuestros puntos de vista y nos quedamos a gusto, sin convencer al otro. Estuvimos en su cama. Comimos una naranja a medias. Cosquiricias. Hablamos de frutas, de música, de vida, de sueños, de más. Me dijo que aparentaba ser mas joven de lo que era, pero nunca lo admitiría por que eso sería como autodenominarse pedófilo. Reímos Seguimos hablando. Algunas veces con más ropa, otras con menos. Nos intercambiamos almohadas, y sonrisas. Finalmente me fui, cogí el mismo tranvía de vuelta a casa, recorrí las mismas calles, atravesé la ciudad de nuevo con los mismos cascos grandes.
Al mediodía siguiente recibi un mensaje inesperado: 'Deberías haberte quedado hasta el desayuno, este Shushi es el mejor que he probado'.
Quiero saber más de la historia. Sí.
ResponderEliminarTe quiero muchísimo