Ella caminaba bajo la lluvia, sin importarle apenas las gotas de lluvia que poco a poco iban calando su gorrito recién comprado.
Ahora todo le daba igual. Dejaba que las gotas rodaran por su piel al igual que discurrían por su interior, manchando su cuerpo de tristeza.´
Sus manos, metidas hastael fondo de los bolsillos del pantalón, jueteaban con algún hilo descosido. Y las gafas estaban empañadas con miles gotitas que resbalaban. Pero ella tenía la vista nublada igual, así que ni siquiera se detuvo a limpiárselas.
Luchaba por no sollozar y dejar que todo el agua que contenía su cuerpo se escapara por los ojos.
Le pareció acordarse de una triste melodía tocada al piano. De algú autor como Yann Tiersen, no recordaba bien.
Otra cosa más que daba igual, un compositor u otro ... En ese momento le traía sin cuidado.
Y siguió caminando con los ojos fijos en el suelo y sin cerrarlos, para que no se le cayera ninguna lágrima en algun descuido.
Ella no se dió cuenta, pero en la acera de enfrente y un poco mas adelante, otra chica tapada hasta la nariz por un pañuelo se preguntaba con semblante serio cuántas personas estarían en aquel mismo minuto conteniéndose las ganas de gritarle al mundo que se fuera a la mierda.
Yo era otra de ellas, pero eso ya es otra historia.
Cuando hubo dado unos pasos más un chico desconocido con acento francés que estaba sentado en un banco se acercó y la preguntó si se encontraba bien.
Ella, sin poder contenerse un instante más y por impulso, le abrazó y le saltó al cuello. Él no se inmutó, la rodeó con los brazos y la meció hasta que a ella no le quedaron más lágrimas por salir.
Después un poco avergonzada, le dió las gracias y le invitó tomar café.
Y así empezó otra relación, no sabemos ni sabremos si amorosa o amistosa, pero empezó en una cafetería cutre en el centro de Madrid un 21 de Diciembre.
Isla.
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