Leo estaba sentada en la cama de se habitación. La puerta cerrada y una melodía a bajo volumen.
Ella arrugaba y planchaba con las manos constantemene un trozo de una hoja cuadriculada en el que había escritos nueve dígitos. Un número de teléfono.
No le costó comprender que fue Rain quién, con mucho cuidado, lo había escondido allí. Y ella, solo por casualidad, al quitarse los pantalones lo encontró en el suelo, doblado con mimo.
Aun así, Leo seguía dudando si debía o no llamarle.
Hablar nunca había sido su punto fuerte y no quería quedarse bloqueada al llamarle.
Guardó el número en su movil, fijándose mucho para no equivocarse en ningún número; por si acaso tenía algún día valiente y le daba por llamarle.
Rain no había parado en toda la semana. Recados aquí, compras allá, llamada, trabajo, cena familiar. Aún así, no se había separado ni un minuto del movil: esperaba una llamada con impaciencia.
¿Habrá encontrado el papelito? Quizás se lo debía haber dado en la mano ...
Decidió pasarse algún día por la escuela de baile, para ver si ella no lo llamaba porque no lo había encontrado o porque, simplemente, no quería.
Ahora que ya había dado el primer paso, conocerla y presentarse, solo pensaba en volver a pasar otra y otra tarde con ella, y tener la suficiente confianza para que Leo le contara sus inquitudes, sus verguenzas, que le enseñara sus lunares y le dejara cojer su mano. Perder la timidez rodeando sus caderas, bebiendo cervezas a cualquier hora, susurrarle cosas y apoyar la cabeza en su clavícula, recostándola en el cuello.
Memorizar su número de teléfono, hacerla cosquillas hasta ver mil veces su sonrisa y aprendérsela detalle a detalle.
"Estoy imaginando demasiado,- pensaba a menudo él - ni siquiera ha llamado"
Ella mientras tanto, se mordía las uñas y luego se recostaba.
Regla nº 1 de la vida: no te fíes de quién no conoces. Pero, si había confiado una vez, ¿ porqué no intentarlo una segunda? Realmente, no le había parecido peligroso; más bien, un chico normal, alegre.
Pasaron tres días, y Leo no se había decidido.
Aquella noche, sin poder dormir, Leo salió a escondidas de su casa y se dedicó a andar sin rumbo. Deambuló por lo Plaza Norte y finalmente entró en un café pequeño situado en una esquina de la plaza.
Se sentó en un sofá cerca de una gran ventana y esperó a que apareciera un camarero a quién pedirle algo refrescante para beber. Al poco tiempo, descubrió un cartelito justo en frente suyo:
Por favor, hagan sus pedidos en la barra. Muchas gracias.
Leo, no sin un poco de pereza, se acercó y se sentó en un alto taburete.
-Disculpe..- advirtió al chico que estaba detrás de la barra.
Se giró un chico algo pálido, los ojos color miel denotaban cansancio pero no por ello, dejaba de mostrar una amplia sonrisa servicial. Al mirarse, los dos rieron a la misma vez. Sus ojos ya no denotaban cansancio y brillaban un poco más.
-¿Que desea señorita?
Y otra sonrisa seductora, Leo estaba empezando a acostumbrarse a ella. La sonrisa seductora de Rain que tanto le había gustado.
Isla.
Las segundas partes no son buenas?
ResponderEliminarQuién cojones te ha dicho esa tonteria?
Además regla.nº1: Ada sólo escribe cosas que le gustan a mada y la hacen sonreir.
Me encanta.
Leo, leo, leo (L)