11 de febrero de 2010




Helena se despertó aquel día con ganas de más.
Se enrolló en la sábana y dejó a Teo durmiendo.
Salió de puntilla y sigilosamentede la habitación, pero no antes de haber mirado de nuevo su figura desnuda y esbelta que contrastaba con el rojo de las sábanas.
Despues de calentar en un pequeño y viejo microondas, entreabrió despacito la puerta de cristal que daba a la terraza y se coló, sintiendo de repente como el frío traspasaba la sábana.
Apolló los codos en la barandilla mientras sostenía la taza caliente entre las manos  y la sabana descendió hasta su cintura, dejando a la vista de cintura para arriba.
Aun así, Helena lo dejó pasar  y recordó la noche anterior a la vez que veía al sol aparecer entre nubes rosas. Se le pasó el tiempo recordando el tacto de los labios te Teo al besarla primero en los labios, luego en el cuelo, y bajando. Y cómo sus manos grandes, pero no por ello menos ágiles, sabían justo dónde tocar para hacerla estremecer. Pero lo mejor era que todo aquello iba acompañado de sus risas, de cosquillas y caricias que tenían lo mismo de ternura como de lujuria.
Siguió contemplando las nubes sin notar que el tiempo pasaba. Las nubes y el cielo, siempre su paisaje preferido. Y no, ella no era ninguna cursi. Pero mirar el final de el cielo y no encontrarlo, la perdía.
A pesar de estar distraida, no se sobresalto cuando le sintió a él detras, rodeándola la cadera con las manos, susurrándole al oído y acomodándose en su hombro, apollando su barbilla contra la clavícula de ella, su ya sabido punto débil.

1 comentario:

Cartas en mi buzon rojo.