22 de febrero de 2010
Leo caminaba lentamente, sorteando los charcos pero sin ninguna prisa ni preocupación por mojarse.
Su movil escupe ritmos, sonidos y palabras que riman y concuerdan. RAP, así lo llaman. Erre - a - pe.
Rythm and poems.
Se preguntó, no sin algo de ironía, si aquellos "Violadores del verso" serían recordados como el Góngora o Garcilaso de la época. Escondió una carcajada súbdita trás algunos mechones que le colgaban, chorreantes.
Cambió de canción. Notas melodiosas y tranquilas al piano. Romántica.
Rain. Rain. Rain. Rain.
Sus blancos dientes desaparecieron al escaparse su sonrisa por el desagüe de los recuerdos.
Y se puso furiosa, contra ella misma. ¿No sabía no recordarle ni un solo día? ¿Era algo tan imposible?
Ella, Leo. Ni más, ni menos. Nunca había dependido de un chico, y no quería que aquello se rompiera
por un tonto enamoramiento adolescente. La pregunta era: ¿ Sería aquello un tonto enamoramiento adolescente? Aunque se lo negara a sí misma, lo dudaba constantemente.
Habían llegado a marcarla tan hondo aquellos besos, suspiros sin ritmo, caricias insospechadas antes ...
Y luego..
Argh, Leo prefería no pensar en ello. Aquella rotura tan fácil, simple, y de nuevo tonta.
Una simple racha rara, o necesidad de espacio. Agobio. ¿Qué narices sabía ella?
Pero ahora, ¿ porqué se lo pensaba tanto?
Cada día odiaba más aquel viejo, asqueroso y sincero dicho: " No te das cuenta de lo que tienes hasta que lo pierdes"
Já, ella nunca lo hubiera expresado mejor. ¿ Que maldito chino zen lo habría puesto en palabras para recordárselo constantemente?
Pero ahora eso era lo de menos; Rain seguramente la habría olvidado, y ella ya no podía hacer nada para recuperarle. Con él, habia perdido la verguenza, la mayor parte de la timidez, había perdido el miedo. Todo lo había perdido y a la vez, todo lo había ganado.
Él hasta había dejado de trabajar en la cafetería. Después de aquella conversación, normal.
Pero eso era otra historia, y Leo no quería pensar más.
Y menos cuando Marcos, ahora con nueva novia a la que prestar toda la atención (argumentó ella, no sin contatar que estaba algo celosa) no podía escucharla, ni aconsejarla, ni tan siquiera darle un abrazo. ¿Tantos asquerosos kilómetros hay que recorrer para un viaje de novios?
Así que Leo, ya sin pensar, se dedicó a pisar charcos, a mojarse y dejar que el pelo enmarañado y cada vez más rizado le resbalase por la cara, hasta la escuela de baile. Y una vez allí, primero se acomplejaría ante los cuerpos atléticos de sus compañeras; y luego, al empezara a entrenar, se olvidaría de todo y de todos. Su único remedio.
Isla.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Cartas en mi buzon rojo.