Mi abuelo era feriante. No era gitano, ni moro, ni rumano. Pero tuvo muchos amigos que sí que lo fueron, y luego una espectacular esposa que también lo fue.
Mi abuelo fue feriante, pero estaba especializado en montañas rusas. Dentro de todo lo que se puede especializar uno en ferias y atracciones, a él siempre le apasionaron las montañas rusas y todo lo relacionado con ellas.
Los primeros años de su vida fue mozo de cuadras de caballos de feria. Con los años, ahorró suficiente dinero, y para cuando mi padre Federico nació, ya había comprado y gastado los ahorros de toda su juventud en la ‘ Coast Rollercoaster’. Sí, os reiréis al pensar que la mayoría de los jóvenes se gastan los ahorros en ir a la universidad y mi abuelo en una mera atracción de feria, pero cuando acabe de contaros la historia de mi abuelo, soñaréis con ser feriantes. O al menos, tan inteligente como lo fue él.
Mi abuelo siempre decía que la vida es como una montaña rusa. No sólo tiene sus altos y bajos, eso sería demasiado obvio, pero además sigue siempre un recorrido. A veces hay desviaciones o caminos distintos de un día a otro, según como le parezca al dueño, o quizás se acelere un poco más en algunos extremos. Otras veces te parece menos excitante, y algunas no te bajarías del vagón. Pero siempre siempre siempre, hay un padre o una madre que paga el ticket de entrada a la montaña rusa, luego tienes un viaje de altos, bajo, partes que no sabes dónde estas, otras en las que te parece que el mundo va al revés pero eres tú el que está bocabajo, hay un raíl/vía que el vagón sigue y cada traviesa de la vía que tu tren pasa es una menos para que tu viaje se acabe. Y al final, muchos tienen un momento de confusión, ¿cuánto ha durado? ¿lo he aprovechado bien? Lo único que decía mi abuelo que se diferenciaba era que en la montaña rusa, echando unas lagrimitas te podías montar una segunda vez, pero cuando se asomaba la muerte al final de la vida, no hay lagrimita que valga.
Mi abuelo era un hombre muy fuerte y muy blando. Él era el que le daba al botón para que empezara la atracción, y también el que la paraba al acabarse el tiempo. Muchos le comparaban con un hospital, donde empieza y acaba todo. Pero yo siempre dije que mi abuelo era un feriante especializado en montañas rusas. Se sabía además cada uno de los recovecos y tornillos de su máquina y cualquier consejo que pudieras preguntarle, siempre era respondido de una forma coherente. Otra gente le comparaba con la Muerte. Sí, siempre contando el tiempo hasta poder parar la atracción. Pero mi abuelo no era así. Aunque quizás, como a la Muerte, a veces se le ponía tierno el corazón y a algún niño le regalo un ticket para montarse, igual que a la Muerte a veces se le escapan almas porque los médicos y cirujanos de estos tiempos lo curan todo.
Menos (Pero a mi abuelo no) a mi abuelo. A él no le pudieron curar, pero porqué no se dejó. Tampoco se lo llevó la Muerte. Mi abuelo murió aplastado por su vieja amiga, ‘Coast Rollercoaster’ en un verano caluroso en el que no había conseguido que nadie le ayudara a montarla y se puso él solo, con una gorra y dos herramientas más.
Era dos de Julio, y se oyó el estruendo en toda la ciudad. En cuanto se supo lo que había pasado, mucha gente acudió a ver las ruinas de montaña rusa que le habían envuelto y cuando limpiaron y despejaron el lugar, mi abuelo ya no estaba. Algunos dicen que sigue vivo y se jubiló, otros que solo quería atención, mucha gente lloró y ni siquiera pensó en nada, pero yo, yo se lo que pasó. Al convertirse su montaña rusa en polvo, los huesos de mi abuelo se deshicieron con ella. Y en cada feria, acordaron los feriantes, poner un vagón de cobre con un grabado en letra cursiva: ‘Coast Roller Coaster’.
Isla.
Tu abuelo es Dios, es Budda, es Alá...
ResponderEliminares una pasada.
Que tío jobar.
De uno de esos me enamoraba yo.
Muaa(:
Madre mia!! Abuelos así, historias así, no se tienen ni se escuchan todos los días. Y yo tambien creo que tu abuelo sigue vivo. En cada montaña rusa. Un besazo.
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