19 de abril de 2010

Aph

Malva se secó los ojos y comenzó a recoger su ropa.
Él se quedo sentado en la cama con la cabeza entre las manos.
No habló mientras ella se ponía despacio la camiseta gris de tirantes.
Ni cuando recogía el sujetador de encaje rojo y lo metía sin cuidado
con una mezcla de rabia y cansancio en su bolso .
Paro un momento y le miró de manera interrogante
¿Por qué?
El se frotó los ojos rojos y secó las lágrimas.
Malva cogió aire y reprimió las ganas de llorar.
Arrastró los pies por el pasillo en el que tantas veces lo habían
hecho, apoyados contra la pared, y pensó que sería de las últimas
veces que pasaría por alli.
Le invadió otra ola de tristeza.
Al llegar a la puerta, giró el pomo lentamente y salió.
Él la habia seguido sin hacer ruido y ahora la miraba de frente,
mordiéndose el labio inferior para evitar que su cara
se descompusiera en llanto.
Ella, que nunca iba sin arreglar, siempre tan coqueta con un par de toques
especiales.
Ella, que nunca borraba la sonrisa traviesa y no se cansaba con frecuencia.
Ella, de vitalidad constante.
Ella.
Ahora de pie, sin maquillaje y los ojos hinchados que reflejaban un dolor inesperado
le miraba directamente a los ojos. No tenía ganas de insultarle ni de gritarle, como harían
muchas personas en su situación.
Solo de olvidarlo todo. De relajarse y no pensar en nada.

Así que se giró y sin una palabra, se fue andado silenciosamente.
Nada estaba dicho pero todo se sabía.
Ella pensó que quizás no hacía falta expresarse con palabras inecesarias.
Él la conocía bien y sabía de sobra como se sentía, sabía todo lo que había causado.

Así decidió no olvidar nada, pero tampoco tener rencor. Malva no era una chica rencorosa.
Era buena. Y quiso mantenerse un tiempo alejada de él. Pero supo en cuanto pasó aquello
que ya no podría quererle nunca más. Así que no le costó volver a verle, ni entablar otra conversación
con él, ni tratarle como un amigo. No se veían tanto, pero por lo menos mantenían el contacto.
Después de todo lo que vivieron en compañía del otro, nada merecía mas la pena que seguir
conversando y compartiendo cosas. A pesar de todo lo malo.

Malva quiso seguir siendo feliz. No permitió que aquello le bajara los ánimos.
Pronto volvió con su vitalidad, su sonrisa constante (aunque no evitaba la sensación
de necesidad de que alguien la llenara de nuevo) y sus pequeñas características propias.
Volvió retomar el hábito de pintarse las uñas de color cereza, que para ella constituía el color verano.
Y a recogerse los bonitos rizos castaños en un moño con algunos mechones sueltos, y como le decía su amiga de los lunares, parecer una diosa griega.
Sacó sus prendas vaporosas del armario de verano y se las probó. Los libros antiguos. Las colecciones de flores secas que metía entre las páginas de libros gordos. Las fotografías viejas.
Sacó también la agenda y repasó mentalmente a todos sus amigos. LLamó algunos de ellos, solo para saber cómo les trataba el tiempo.
Empleó en ello todo el tiempo que antes no había podido, que antes había dedicado a Él.
Volvía a ser una chica libre, podía salir cuando quisiera y fotografiar nubes y pájaros.
No tenía que preocuparse en pasar por casa en todo el día, ni se perdía en los ojos de nadie durante horas.
Eran ella y su vida. La una para la otra, todo el tiempo que quisieran.

Una mañana del principio del otoño, Malva se sentó en un banco del metro sin prestar demasiada atención a su alrededor. Estaba enfrasacada en su libro y  no se dió cuenta de que el pequeño gorrito se le había caido al suelo.
- Perdona, se te ha caído ...
Le indicó un chico moreno, recogiéndolo y alcanzándoselo. Ella, sin levantar a penas la mirada de las líneas de su libro se lo agradeció y volvió su lectura.
- Disculpa de nuevo, pero ¿ puedo sentarme?
Era el mismo chico. Esta vez ella le prestó mas atención. Su voz era cálida y con un ligero acento del sur de América. Tenía unos ojos negros profundos y su pelo alborotado estaba bajo una gorra morada quizá demasiado grande para su cabeza.
Ella asintió con amabilidad y su acostumbrada sonrisa e hizo cómo que volvía a la lectura.
En realidad, observaba con atención los rasgos del chico que ahora estaba sentado a escasos centímetros de ella. Él también había abierto un libro y lo leía con atención.
Malva intentó leer, pero estaba en francés.
Él se dió cuenta y sonrió. Toda su piel morena tersa dejó paso a una sonrisa.
- ¿ Sabes francés?
Ella, sorprendida, contesto que no y se le escapó una sonrisa nerviosa.
Él la observaba. Fue entonces cuando Malva se dió cuenta de aquel aroma a canela.
Venía de él, y no era exagerado. Solo un ligero aroma mezclado con su colonia.
Y otra vez su sonrisa blanca y simpática.
- ¿Como te llamas?
- Malva

- ¿ Eres francés?- Malva meditó algun tiempo antes de hacer la pregunta y aunque no lo creía, le pareció un buen modo de entablar conversación.
Él soltó una carcajada y cerró el libro, dejándolo a un lado. Después se giró y comenzó a explicarle que él era de Venezuela y que acababa de llegar al país. Había venido a estudiar. Todo acompañado de sonrisas,justo como a Malva le gustaba. LLegó el metro y él se marcho. Ella se escusó diciendo que esperaba a una amiga. Se despidieron y quedaron en saludarse el próximo día.
Malva le miró a través de la ventanilla y el sacudió la mano  ligeramente en como señal de despedida.
Luego, ella volvió a la lectura. Pero algo a su lado, donde se había sentado él, le llamó la atención. Era el libro en francés. Él lo había apartado al hablar con ella y luego por la prisa, lo había olvidado.
Recordó que se le había olvidado preguntarle su nombre. Recogió el pequeño libro y sin saber porqué lo acercó a su cara. Aroma a canela. Malva sonrió.

Él mientras tanto pensaba en aquella chica interesante y agradable como " la chica de las uñas color cereza".
Nunca se le habían dado bien los nombres.


Isla.

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