23 de agosto de 2010


Canel esperaba oir el crujidos de los escalones bajo los pies de Barry.
Esperaba que fuera pronto, porque el sueño empezaba a ganarla.
¿Hacía cuanto se había ido? ¿Cuatro, tal vez cinco horas?
Y no hubo ni una de las noches de los 25 años que estuvieron juntos
que Barry no hubiera subido a despedirse.
Incluso cuando dejaron de dormir en la misma cama.
Incluso cuando pasó todoloquenolesgustabarecordar.

Barry estaba tranquilo ahora. Había bebido.
Y conducía de vuelta  a casa. LLovía. Mucho.
El parabrisas del todoterreno no paraban de un lado a otro.
Tin, tan, tin, tan.
Y de repente, entre tanta oscuridad, unas letras rosas fluorescentes a lo lejos:
"Club".

Por fín, casi sumida en sueños, Canel oye la puerta abriéndose en el piso de abajo.
Oye la tos ronca de su marido. Escucha como deja sus zapatos en la entrada.
Y luego pasos hasta su habitación de abajo. ¿ No va a subir?
Escucha con más atención. Hay más pasos que los que suenan con un par de piernas.
De repente, todo sus sueño se desvanece y ya no puede cerrar los ojos.
Luego oye una risita estridente. Una risa de mujer.

Isla.

1 comentario:

Cartas en mi buzon rojo.