16 de agosto de 2010

L'amour fou.


Hola Pablo,
no se si te acuerdas de mí.
Si no reconoces esta letra,
de la que tanto te reías,
entonces mira la foto, no creo
que te quepa ninguna duda de quién soy.

Ahora que lo pienso,
no sé ni porqué te escribo,
seguramente esto acabe en lo más
hondo de la papelera,
contándote recuerdos escondidos
en el fondo del corazón.

Hazme un favor, solo uno más.
Lee esta carta hasta el final.
Ahora mira la foto otra vez.
Tu miras a la cámara, con el ceño fruncido
mientras que yo, con la cara radiante,
te estampo un beso en la mejilla.
Vale, es bonita, es infantil.
Ahora mira mi mano izquierda.
¿Qué ves?
Una cajita, ¿verdad? Abierta.
No se si lo recuerdas pero era verde esmeralda.
Como el mar, mi color preferido.

Te reías de nuevo de mí,
cuando te decía que mi abuela
me la había dado para guardar sensaciones.
La verdad es que, aunque en la foto
salgas con morritos, enfurruñado,
eras la persona más feliz del mundo.
Tu sonrisa era dificl borrarla.
Por eso caías bien a todo el mundo.

Pues, el otro día encontré la cajita verde.
Sí, mis ojos: vidriosos.
Mi cerebro: shock.
La rocé un poco con la mano y la cogí,
estaba llena de polvo.
Lo quité muuuy despacio. Y volví a contemplar
los grabados que de pequeña me hacían soñar
con bestias en selvas e historias de amor en balcones.
Cerré los ojos y me acordé del instante de la foto.
Más tarde encontraría nuestras caritas pequeñas en papel,
y decidiría escribirte, para ver que tal te va todo despues de tanto tiempo.

La dejé en la mesita del salón, para jugar con aquel recuerdo más tarde.
Pasó el día entero y por la noche, me puse a cocinar.
De repente, una sensacion vieja me dió de lleno en el espinazo.
La habitación estaba llena de voces de niños.
Y entre tanto barullo mi voz te pedía una foto,
tu no querías, pero al final, aceptaste.

Corrí, al salón.
Y cuando llegué comprendí perfectamente que había pasado,
aunque no sabía si creermelo, o empezar a pensar en mi locura.
Mi hija pequeña, de seis años y curiosa, había abierto la caja.
-¡Blanca! Ciérrala, hace ruido.
Ella me miró con cara rara.
- Mamá, el único ruido, es el de la sarten, ¡está saltando el aceite!
Volví corriendo a la cocina, apagué el fuego y apoyada en la encimera, pensé.
Fui la única que oía todo aquello. Oía el pasado.

Te mando la cajita. A ver si lo oyes tú.
A ver si recuerdas aquello.
Yo te envió esto porque poco después de todo esto,
una vendedora ambulante se presento en la puerta de mi casa.
Me ofrecía olvido. Barato.
Compré. En un par de horas, cuando me duerma, no me acordaré de nada.
Y quiero que por lo menos lo recuerde alguien.
Y tener algo que me asegure que todo ha pasado.

Sabes que para mí, no acabó. Pero se superar.
No espero contestación si no quieres escribirme, solo que guardes la cajita y
no te olvides de que existí.

Ginevra.







ISLA.

1 comentario:

  1. J-O-D-E-R.
    La cajita, cada una de las palabras, los gestos...
    es que tía, de mis favoritos(L),
    si no es perfecto, roza la perfección peligrosamente cerca.

    tequiero

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